Una de las labores que más me está costando hacer (llevó algun año con el tema, en períodos dispersos) es la de organizarme y plantearme mi vida con un proyecto.
Supongo que es algo complicado (al menos así me lo parece) y que al hacerlo tan en largo lo único que consigues es dispersarte.
Pero a mí me está sirviendo para darle una profundidad, una perspectiva en el tiempo que quizá no la hubiera conseguido desde el principio.
Algunas cosas, que quizá al principio parecían vitales, se han ido cayendo, o perdiendo esencialidad… y otras han permanecido, lo que las ha dotado de cierta fuerza.
Ese es mi árbol, es mi Proyecto de Vida, con sus cicatrices, sus podas y sus ramas más o menos torcidas.
Estoy descubiriendo la importancia del sustrato en que se encuentre, de los alimentos que buscar, de la profundidad de las raíces y de su vigor…
Las ramas, vistosas, llenas de hojas, flores y frutos, atraen la atención. Son prescindibles, fugaces, débiles… pero permiten al árbol respirar y crecer, buscando un infinito de ansias y promesas.
Entre ambos, el tronco, queda desapercibido, pero recibe los embates del tiempo, del entorno. Transporta la savia de la raíz a las ramas y las sostiene.
El árbol, mi árbol puede estar sólo, en medio de la campiña, o en compañía de otros que le protegen…
Puede dar sombra a plantas y visitantes que se acogen durante un tiempo bajo las ramas… y que después, parten en busca de otro espacio…
En definitiva, mi árbol está vivo, vigoroso y con ganas de crecer.
Gracias por venir a verlo.